viernes, 26 de julio de 2013

Asi se roba una personalidad

Ahora lo saben, nunca, NUNCA compartan datos demasiado personales en redes ni por ningún otro medio.

viernes, 5 de julio de 2013

El libertino demoníaco

EL LIBERTINO DEMONÍACO. A principios de la década de 1880, algunos miembros de la alta sociedad romana comenzaron a hablar de un joven periodista de reciente aparición, un tal Gabriele D'Annunzio. Esto era de suyo extraño, porque la realeza italiana despreciaba enormemente a todo aquel que no pertenecía a su círculo, y un reportero de sociales era casi tan vulgar como indigno. Los hombres de alta cuna, en efecto, le prestaban poca atención. D'Annunzio no tenía dinero, y apenas unas cuantas relaciones, pues procedía de un ambiente de estricta clase media. Además, para ellos era soberanamente feo: bajo, fornido, de tez oscura y picada y ojos saltones. 

Los hombres lo juzgaban tan poco atractivo que le permitían de buena gana circular entre sus esposas e hijas, seguros de que sus mujeres estaban a salvo con ese adefesio y felices de poder librarse de tal cazador de chismes. No, no eran los hombres quienes hablaban de D'Annunzio; eran sus esposas.

Presentadas a D'Annunzio por sus maridos, aquellas duquesas y marquesas terminaron invitando a ese hombre de apariencia extraña; y cuando estaba a solas con ellas, su actitud cambiaba repentinamente. En cuestión de minutos, las damas estaban embelesadas. Para comenzar, D'Annunzio tenía la voz más maravillosa que ellas hubieran oído jamás: baja y grave, con articulación silabeada, ritmo fluido y entonación casi musical. Una mujer la compararía con campanarios repicando a lo lejos. Otras decían que esa voz poseía un efecto "hipnótico". También las palabras que emitía eran interesantes: fiases aliteradas, locuciones preciosas, imágenes poéticas y un modo de elogiar capaz de derretir el corazón de una mujer. D'Annunzio había alcanzado el dominio del arte de adular. Parecía conocer la debilidad de cada mujer, a una la llamaba diosa de la naturaleza; a otra, incomparable artista en ciernes; a otra más, figura romántica salida de las páginas de un novela. El corazón de una mujer latía con fuerza mientras el periodista describía el efecto que ella ejercía en él. Todo era sugerente, y aludía a sexo o romance. En la noche, ella ponderaba sus palabras, y recordaba poco de lo que él había dicho, porque nunca decía nada concreto, pero mucho de lo que le había hecho sentir. Al día siguiente, esa mujer recibía de él un poema que parecía haber escrito especialmente para ella. (En realidad D'Annunzio escribía docenas de poemas similares, cada uno de los cuales adaptaba a su víctima prevista.) Luego de varios años de haberse iniciado como reportero de sociales, D'Annunzio se casó con la hija del duque y la duquesa de Gállese.

 Poco después, con el firme apoyo de damas de sociedad, empezó a publicar novelas y libros de poesía. La cantidad de sus conquistas era notable, pero la calidad también: no sólo marquesas caían a sus pies, sino, asimismo, grandes artistas, como la actriz Eleonora Duse, quien lo ayudó a convertirse en respetado dramaturgo y celebridad literaria. La bailarina Isadora Duncan, otra mujer que acabó cayendo bajo su hechizo, explicaría su magia: "Gabriele D'Annunzio es quizá el mejor amante de nuestro tiempo. Y esto pese a que sea de baja estatura, calvo y feo (excepto cuando la cara se le ilumina de entusiasmo). Sin embargo, cuando se dirige a una mujer que es de su gusto, su rostro se transfigura, y él se convierte de súbito en Apolo. [...] Su efecto en las mujeres es sorprendente. La dama que lo escucha siente de pronto que su espíritu mismo y su ser se elevan".

Al estallar la primera guerra mundial, D'Annunzio, entonces de cincuenta y dos años, se alistó en el ejército. Aunque carecía de experiencia militar, tendía al dramatismo, y ardía en deseos de mostrar su valor. Aprendió a volar, y dirigió misiones peligrosas, aunque muy eficaces. Al fin de la guerra, era el héroe más condecorado de Italia. Sus hazañas lo volvieron gloria nacional y, tras la guerra, fuera de su hotel se congregaban multitudes, en cualquier ciudad italiana. El les hablaba de política desde un balcón, y clamaba contra el gobierno italiano en turno. A un testigo de uno de sus discursos, el escritor estadunidense Walter Starkie, le decepcionó en principio el aspecto del famoso D'Annunzio en un balcón en Venecia: era menudo, y parecía grotesco. "Sin embargo, poco a poco comencé a caer bajo la fascinación de su voz, que penetraba en mi conciencia [...] Nunca un gesto apresurado, brusco [...] Pulsó las emociones de la multitud como lo haría un consumado violinista con un Stradivarius. Los ojos de miles estaban fijos en él, como hipnotizados por su poder." El sonido de su voz y las poéticas connotaciones de sus palabras eran también lo que seducía a las masas. Con el argumento de que la Italia moderna debía reclamar la grandeza del imperio romano, D'Annunzio inventaba consignas que el público coreaba, o hacía preguntas de intensa carga emocional. Halagaba a la multitud, la hacía sentir parte de un drama. Todo era vago y sugestivo. El tema del momento era la posesión de la ciudad de Fiume, justo al otro lado de la frontera, en la vecina Yugoslavia. Muchos italianos creían que el premio a su país por haberse unido a los aliados en la guerra debía ser la anexión de Fiume. D'Annunzio defendía esta causa; y dada su condición de héroe de guerra, el ejército estaba listo para apoyarlo, aunque el gobierno se oponía a toda acción. 

En septiembre de 1919, rodeado de soldados, D'Annunzio dirigió su infausta marcha sobre Fiume. Cuando un general italiano lo detuvo en el camino y amenazó con dispararle, el poeta se abrió el abrigo para exhibir sus medallas y exclamó, con magnética voz: "Si ha de matarme, ¡apunte aquí!". Atónito, el general rompió a llorar. Se unió a D'Annunzio. Cuando el poeta entró a Fiume, se le recibió como libertador. Al día siguiente fue declarado jefe del Estado Libre de Fiume. Pronto pronunciaba discursos todos los días desde un balcón en la plaza principal de la ciudad, hechizando a decenas de miles sin el auxilio de altavoces. Iniciaba toda clase de celebraciones y rituales rememorando el imperio romano. Los ciudadanos de Fiume dieron en imitarlo, en particular sus proezas sexuales; la urbe se convirtió en un burdel gigantesco. El era tan popular que el gobierno italiano llegó a temer una marcha sobre Roma, la que, de haberse efectuado en ese momento, teniendo D'Annunzio el apoyo de gran parte del ejército, habría podido culminar exitosamente.
 El poeta habría aventajado así a Mussolini, y cambiado el curso de la historia. (No era fascista, sino una suerte de esteta socialista.) Pero decidió quedarse en Fiume, que gobernó durante dieciséis meses, hasta que el régimen italiano lo derribó al fin, a fuerza de bombas.